La frase exacta fue: “Lis, vamos a trabajar con Claude Cowork porque puede ayudarnos, y mucho, en muchas de las tareas que tenemos como farmacéuticos”. Esta frase la dijo Javier, mi jefe en el Servicio de Farmacia. Yo asentí por fuera. Por dentro me quedé con la cara del emoji ojiplático 😳 y un pensamiento muy claro: si yo no sé nada de IA, ni de programar, ni de nada de esto.
Eso fue hace unos meses. Hoy escribo este editorial precisamente desde ese sitio: el de alguien que no sabía nada y que ahora trabaja todos los días con un agente que se llama Clowe. Con varios proyectos terminados, otros tantos en marcha, y una sensación rara de la que no sé bien cómo hablar todavía: la de que algo importante ha cambiado en cómo hago mi trabajo, y no estoy segura de poder volver atrás.
Lo que hago ahora
Empiezo por lo concreto, porque es lo que más se entiende. Soy farmacéutica y trabajo en el Servicio de Farmacia del Hospital La Fe. La Unidad de Farmacia de Pacientes Externos es una unidad de referencia territorial: atendemos a pacientes de toda la Comunitat Valenciana, no solo a los de nuestro departamento. Eso significa que manejamos volúmenes de datos que, contados a mano, te comen las semanas.
Antes de Clowe, montar el cuadro de mando de la unidad era un trabajo de semanas. Sacaba los datos de Abucasis, los cruzaba en Excel, los pasaba a tablas de Word, formateaba un PDF. Cada paso era una oportunidad de equivocarse, y muchas veces me equivocaba. Ahora le paso a Clowe el Excel — el último tenía noventa y seis mil filas y treinta y una columnas — y le pido los cálculos directamente. “Quita duplicados de la columna ID y dime cuántos quedan”. “Sepárame La Fe del resto”. Él hace el código por debajo (yo nunca lo veo), me devuelve los resultados, y entre los dos discutimos cosas que ya no son técnicas, sino de criterio: ¿eliminamos duplicados antes o después de separar por hospital? Esa es la conversación que importa, y es la que antes no podía tener por falta de tiempo.
Hemos hecho más cosas. Un dashboard o panel interactivo en HTML, con semáforos de cumplimiento. Un skill reutilizable para elaborar informes de biosimilares, skill es la palabra técnica para una plantilla con instrucciones que no tengo que volver a explicarle nunca más. Alegaciones formales cuando algún indicador del Acuerdo de Gestión no ha quedado claro o incluso notas técnicas para la Comisión de Farmacia.
También me ayudó a hacerle un resumen de Boy de Roald Dahl a un niño de 11 años. No todo es trabajo.
Lo que no esperaba
Lo que no me dijo nadie cuando empecé es que la parte difícil no iba a ser técnica. Yo estaba preparada para no entender. Lo que no estaba preparada para entender era cuánto de mi trabajo, en realidad, era ejecución de cosas que sabía hacer pero que me agotaban. Formatear, cuadrar, repasar, copiar de aquí y pegar allá. Horas y horas en eso, y al final del día la sensación de no haber pensado nada nuevo.
Cuando ese trabajo se va — porque algo lo hace por ti — pasan dos cosas a la vez. La primera es que tienes más tiempo. La segunda, más rara, es que empiezas a pedir cosas que antes ni te planteabas. Un dashboard interactivo. Un vídeo. Un skill. Antes de Clowe yo no proponía hacer un dashboard porque mentalmente ya había calculado que no me daba la vida (ni las habilidades). Ahora sí lo propongo, porque el coste de hacerlo ha bajado tanto que el límite ya no es la capacidad de ejecutarlo: es si la idea merece la pena. Eso me ha cambiado la cabeza más que ninguna otra cosa.
Lo que aprendí sin querer
Tampoco esperaba aprender a darle instrucciones. No es programar, pero se le parece en una cosa: hay que ser muy clara. Las primeras semanas le repetía lo mismo dos y tres veces porque yo creía que me había explicado y resulta que no. Hubo una sesión, lo recuerdo, en la que copié y pegué literalmente el mismo mensaje tres veces. La paciencia fue mutua.
Aprendí también a decir “no” sin rodeos. “No me gusta”. “Hazlo de otra manera”. “Quita el muy delante de desfavorable”. Al principio me daba un poco de cosa, como si estuviera siendo brusca con alguien. Luego entendí que no, que lo que me da es claridad. Y que esa claridad la estoy desarrollando a base de trabajar con Clowe, y la estoy llevando a otras conversaciones. Las que tengo con personas, quiero decir.
Lo que no ha cambiado
No he aprendido a programar. Sigo sin escribir una línea de código. Sigo sin saber qué hay debajo del capó de un modelo de lenguaje, y no me hace falta 🙏. Lo que sí he aprendido es a confiar en que puedo pedir cosas complicadas en lenguaje normal y que alguien — algo — al otro lado las va a hacer, y que mi trabajo es decidir si lo que devuelve sirve o no.
Lo que tampoco ha cambiado es la responsabilidad. Los datos del cuadro de mando son responsabilidad mía. Los datos de los dashboard también son mi responsabilidad. Clowe ejecuta, calcula, propone, redacta. Yo decido. Esa frontera ha sido importante mantenerla clara desde el principio, y creo que es la única manera sensata de trabajar con esto sin perderse.
Por qué escribo esto
Lo escribo porque sospecho que somos muchos los que estamos en esta posición — profesionales sanitarios sin formación técnica, con trabajo de sobra, mirando todo este asunto de la IA con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Y porque me habría gustado leer hace seis meses lo que estoy escribiendo ahora. No un manual, ni una guía técnica, ni un caso de éxito brillante. Solo a alguien diciendo: yo no sabía nada, lo intenté igualmente, y resulta que se puede.
Sin manual, justo.